Hierven las redes sociales por el hecho comprobado de que el mejor modo de solucionar el colapso de las urgencias es una final de Champions. Resurgen de las profundidades los mil y un fantasmas que acosan a los profesionales que ven como la saturación de la sala de espera de cualquier servicio de urgencias (hospitalario o de atención primaria) impide separar el grano de la paja y, lo que es peor, impide dedicar las energías (escasas, como todo) a los pacientes verdaderamente graves. Florecen las ideas de soluciones que parecen tan sencillas que nadie se explica cómo no hay gestor o político con arrestos para ponerlas en marcha y solucionar el problema para siempre. Y me pregunto…si fuera tan sencillo ¿no estaría ya arreglado? 112, atención telefónica, walk-in centres, planes integrales de urgencias, promesas/reclamos de aumento de plantilla, campañas de concienciación, extensas revisiones sobre impacto de intervenciones ya con años de antigüedad o más modernas, etc. etc.
Surgen en las redes sociales algunos de los repetidos mantras de culpabilidad, pues si supiéramos el culpable se acabaría el problema (¿no vivimos acaso en la sociedad de la culpa?) porque la culpa implica causalidad, aunque no siempre la causalidad conlleve culpa. Y ¿quiénes son los aspirantes a culpables?
- ¿La culpa es del sistema porque no pone los recursos necesarios?. ¿La solución: abrir más centros de urgencias, poner más profesionales, abrir más horas?. Por cierto, tengo ganas de conocer a esa señora llamada «sistema», la de cosas que le diría.
- ¿La culpa es de los pacientes que acuden por tonterías, saturan los servicios, cansan a los profesionales?. Bueno, solo unos pocos lo hacen voluntariamente (lo de acudir por tonterías, quiero decir), la mayoría acuden porque adolecen de la tan recurrida, útil y fantástica panacea para todos los problemas de salud y sanitarios: la educación sanitaria.
- ¿La culpa es de los profesionales, de atención primaria porque derivan demasiado, de urgencias hospitalarias porque se entretenien demasiado haciendo pruebas a todo el mundo, de los expertos que profetizan los peores males si no se acude rápido y corriendo a un centro médico, etc.?
- ¿O son otros?

El tema, la fragilidad humana; el argumento, el proceso de trasplante de órganos desde la muerte a la intervención en el donante. A lo largo de 243 páginas la autora cuenta un día en la vida de algunas personas, a la vez que cuenta la vida entera de algunas personas en un día. Para ello utiliza una prosa que bien podría ser poesía, rica en adjetivos, en emociones, en metáforas e imágenes que dan al lector la posibilidad de recrear cada escenario, cada momento, e incluso cada rostro.
Martes con mi viejo profesor es un relato autobiográfico escrito por Mitch Albom y publicado en 1997 en inglés. El primer libro no deportivo de un periodista ya consagrado con libros deportivos previamente. Dio lugar incluso a una película para televisión. Yo lo he leído en la edición de Ed. Maeva de 2015 (colección Embolsillo, 27ª edición). Su autor,
¿Qué pondría yo en twitter, de haber participado en este debate? Pues bien, afirmo que la medicina (la que hacemos los médicos) no es una ciencia ni una pseudociencia. La homeopatía ni es ciencia ni es pseudociencia. Y esto es justo un mensaje de twitter (144 caracteres). Pero no se explica por sí mismo y no se puede entender, solo malentender, si lo publicara así. Por eso, estimado lector, si quieres saber por qué afirmo esto, por favor, continúa leyendo. 
ncluso tarde me atrevo a escribir sobre la propuesta de #carnavalsalud. Ha sido finalmente el detonante que me ha impulsado a volver a escribir en el blog después de tanto tiempo.
el 14 de febrero, recibí como regalo una orquídea, con su maceta y todo. Elegante, frágil, enfrentándose con todo su esplendor a la fragilidad y lo efímero de su vida.