Eres una empresa de ti misma, tienes que producir, has llegado lejos y lo has hecho sola, no has necesitado a nadie. Ha sido tu propio esfuerzo, tu trabajo duro, tus noches en vela. ¿Por qué deberías ahora colaborar con los demás? Cada uno construye su propia historia.
¿O no?
Crecimos y crecemos en una sociedad que ha conseguido imponer un relato único, el de que cada uno se hace a sí mismo. Nadie debe necesitar a nadie. Necesitar a otros es debilidad. Una selva de seres individuales, luchando por la “comida”, por cada puesto, por cada escalón, hechos a sí mismos, sin ayuda, solo su esfuerzo, el mérito. Y has llegado y crees firmemente que no debes nada a nadie.
No necesitas agradecer nada a nadie, ni en tu camino ni el día a día. ¿La cajera que te pasa la compra? Es su trabajo. ¿La señora que limpia tu despacho? Es su trabajo. ¿La persona que te cede el paso en la calle? Es que molesta, ¿no lo ve?, yo voy más rápido, avanzo más. Si esas personas están ahí y no aquí, es porque no se esforzaron lo suficiente.
Fantasías que te permiten pensar mejor y mejor de ti misma. Que te permiten vivir sin colaborar con nadie. ¡Cada palo que aguante su vela! Que te liberan de la responsabilidad de pensar en los demás. ¡Con cuidar de mí misma tengo suficiente!
Pero…
Y si fuera un engaño…
Y si fuera una fantasía, un sueño, una pesadilla…
Y si fuera un modo de aislarte de todo y todos. Así sola, eres más maleable, más manipulable, más fácil de engañar, de enganchar en una vida que solo sirve para exprimirte hasta la extenuación.
Almudena Hernando escribió un fantástico ensayo sobre esto: “La fantasía de la individualidad”. Escarbando en el pasado más pasado, en el más antiguo, va desenrollando el ovillo de un relato que nos ha aislado del resto de personas. Un relato que corresponde a una forma de ver la vida que nos deja solos, cáscaras sin sentido. Y desde ahí nos explica cómo la individualidad es lo que nos separa (patriarcado, desigualdad de género) parten de la energía que necesita una parte de la humanidad (ellos) para sentirse individuales, diferentes, y, a la vez, ser todos iguales.
Las palabras son las herramientas que nos permiten contar y contarnos, que dan sentido a nuestras vidas, nuestras acciones y nuestros pensamientos. ¿Qué somos sin palabras, sin relatos? Lola Sánchez Mondejar lo cuenta en “Sin relato” (Premio Anagrama de Ensayo 2024). Página a página desgrana el modo en que hemos ido perdiendo la capacidad de relatarnos, de contarnos. Y como eso nos deja en un limbo, como el purgatorio, del que no puedes salir porque hace falta una contraseña, que no es otra cosa que ser capaces de contarnos a nosotros mismos.
Pero hay otras formas de mostrar las ideas. Es una forma bella, en la que no se dicen directamente pero se descubren palabra a palabra. Se llama literatura. Y hay un libro que muestra estas dos ideas de una forma bellísima, íntima, casi como si te lo estuviera susurrando al oído: “Las gratitudes”, de Delphine de Vigan. Una historia sobre la pérdida de las palabras (y de cómo envejecer es perder las palabras, la capacidad de contarte y cuando no puedes contar, ¡qué queda!). Pero también un historia sobre recuperar las historias, contarlas para que sigan vivas, más allá de la propia vida.
En “Las gratitudes”, como su nombre indica, hay otro argumento. Una pregunta y una reflexión: ¿hemos dado las gracias a todos los que nos han ayudado a llegar hasta aquí?
Volviendo al principio de este texto, puedo afirmar con rotundidad que nadie se hace a sí mismo. No solo es una cuestión biológica. Hasta ahora no hay seres humanos crecidos en botellín. Existir depende. Como poco, de otro ser humano (uno al menos, casi siempre dos, a veces incluso tres). Venimos al mundo frágiles e incapaces de vivir por nosotros mismos. Una larga infancia. Nadie la supera solo (aunque a veces está llena de obstáculos). Incluso en el peor de los escenarios siempre hubo alguien que nos dio algo, una sonrisa, una mano, una comida, un empujón adelante. A veces la vida está llena de esas cosas y a veces solo hay fugaces instances, pero los hay.
Pero, casi todos (digo todos porque casi siempre son ellos) los que presumen de haberse hecho a sí mismos, vienen y viven en entornos que le facilitaron su hacerse. Familias cuidadores o con posibles; sociedades amables, abiertas, con visión de cuidado, con ayudas, becas, escuelas, sanidad, tranquilidad en las calles. Con todo o con algo. Cuidados y apoyos que son invisibles al ojo desagradecido y soberbio, el que los dio por « dados », por « normales », por « garantizados ». Nadie caminó completamente solo.
Yo tendría que agradecer a tantas personas, unas anónimas y otras con nombre y apellido, que es imposible escribirlas todas. Desde mis padres, mi abuela y mis hermanas y el resto de mi familia, una tribu donde las haya, de los vecinos y vecinas que crearon pueblo, de las maestras que creyeron que yo podría hacerlo, de quien consiguió que me enamorara de aprender, de quien me dio abrazos, de quien me enseñó que ser pobre no significaba dejar de intentarlo, de quien me mostró una medicina diferente, de quien escribió aquel libro que me marcó, de quienes escribieron todos los libros que me he leído y que me han dejado huella, de quien me regaló un libro que cambió mi modo de ver el mundo, de quien pensó que enseñar era importante, de quien limpió mis lágrimas y me abrazó cuando estaba abajo, de quien vio en mi más de lo que veía y me invitó a llegar más lejos, de quien me arropa con sus alas para que no me acomode en el sofa y siga liada en mil y un proyectos, de quien se enamoró de mí, de mis pequeñas almas que ha desterrado el aburrimiento de mi vida, de quien ha pagado impuestos que han permitido que estudie, que sane, que trabaje, de quien cree que somos comunidad, en fin de decenas de conocidos y miles de desconocido que me han ayudado a ser quien soy.
GRACIAS.

