
Leí “To err is human” hace muchísimos años.
Mi cerebro racional conoce la teoría sobre la incertidumbre de la práctica médica.
Sé que me equivoco continuamente y no puedo evitar que eso ocurra con alguna frecuencia.
Sé que las enfermedades no son como las preguntas del MIR, no hay 4 opciones de respuesta y solo una es correcta.
Sé que no hay enfermedades sino enfermos y por eso no hay formas únicas de presentación.
Sé que en atención primaria vemos a los pacientes en las fases más precoces de cualquier enfermedad, cuando todas son iguales y es difícil prever lo que pasará, por donde andará.
Sé poner medidas de “protección” en torno al paciente: si cambia, si aparece, si ocurre… aquí estamos para volver a evaluarlo y cambiar nuestro parecer.
Sé que mirar hacia atrás y analizar las primeras visitas con las información posterior es casi un error, porque las decisiones se toman con la información del presente y no con la del futuro.
Sé que hay un mito sobre la irreal capacidad de la medicina de saberlo todo, diagnosticarlo todo, estudiarlo todo y resolverlo todo, que es casi imposible de contrarrestar.
Sé que, en la mayoría de las ocasiones, los propios pacientes y familiares comprenden esta incerteza, esta dificultad, este no saber qué es hasta que ocurre algo más.
Sé que hago lo que está en mi mano: escuchar, explorar, sospechar y actuar con la información obtenida en el escaso tiempo que me puedo permitir con cada paciente.
Sé que no estoy libre de prejuicios, lagunas de conocimiento, y el efecto negativo y positivo que una larga relación con un paciente pueden tener en el proceso de toma de decisiones en la consulta.
Sé todo esto y mucho más.
Pero no puedo evitar estar noches sin dormir cuando un paciente no va como pensé que iría, cuando una enfermedad no sospechada irrumpe en la vida, cuando pienso que no pensé en… que no imaginé que… que no exploré especialmente…
Somos nuestros peores jueces.
Como dice Henry Marsh en el prólogo de su libro Ante todo no hagas daño:
La realidad, por supuesto, es completamente distinta. Los médicos son humanos, como el resto de nosotros. Gran parte de lo que ocurre en los hospitales es cuestión de suerte, y la suerte puede ser buena o mala. El médico pocas veces tiene control alguno sobre el éxito y el fracaso…
… Es inevitable que uno acabe cometiendo errores, y debe aprender a vivir con las consecuencias, a veces espantosas. Debe aprender a ser objetivo ante lo que ve y, al mismo tiempo, no olvidar que está tratando con personas…
La mente de toda médica está llena de “si hubieras”, objetos densos cual mercurio, pesados y fluorescentes, que como las moscas volantes de la retina (=miodesopsias), se colocan ante tu pensamiento no importa adonde mires o pienses. Interrumpen tu flujo de pensamiento, tu sueño, tus conversaciones y permanecen ahí hasta que, poco a poco, consigues guardarlas en un lugar poco visible. Pero nunca desaparecen. Y cuando vuelven, nunca vuelven solas. Se hacen acompañar de todas esas otras veces.
Y todo en el silencio que supone no poder compartir con quien más confías estos momentos, la soledad del silencio impuesto por el secreto y la confidencialidad.
Sé que no hablamos de ello, no nos preparan para esto, no se estudia en ninguna asignatura. Que cada uno lo cocina como buenamente puede. Porque no vaya a ser que se sepa que somos falibles.
Y sé que el alma de toda médica está llena de cicatrices y hay que vivir con ello.
