De oposiciones va la primavera…

Después de demasiadas semanas sin escribir, debo una disculpa. Las circunstancias a veces me desbordan y aunque en mi cabeza múltiples textos luchan por salir, el tiempo no me da para más.
El próximo 5 de mayo se cumplirán 14 años desde que terminé la especialidad de Medicina de Familia y, espero por fin, haber podido presentarme a las primeras oposiciones «normales» desde entonces en el Servicio Canario de Salud (salvando la convocatoria extraordinaria que allá por el 2003 se convocó para intentar salvar a la ingente cantidad de interinos sin oposiciones con muchos trienios de antigüedad). El anuncio del examen (ya confirmado para el 26 de abril) desbarató mis planes y me ha obligado a una dura adaptación. Pero no quiero abandonar este blog, así que transcribo la reflexión que en su momento escribí y que, por no tener tiempo de revisar, no había publicado.
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El invierno, ahora en su apogeo a lo largo y ancho del hemisferio norte, anunció la convocatoria de oposiciones para plazas de medicina de familia en el Servicio Canario de Salud. La primavera nos traerá el examen y para el verano habremos pasado tan angustioso trance en la vida de los trabajadores del servicio público de salud.
Haciendo una metáfora, podría también decir que tras el largo invierno de la ausencia de convocatorias públicas a las plazas de medicina de familia (solo una en ya casi catorce años que mi título de especialista en medicina de familia lleva colgado en la pared), se adivina la primavera de la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo indefinido con los derechos, o casi, de cualquier empleado público. Continuar leyendo «De oposiciones va la primavera…»

Historias y ordenadores

Hace unas semanas leí comentarios muy interesantes sobre un concepto nuevo para mí «la deriva cognitiva». Se trata del despiste mental que te atrapa mientras espera a que cambie la pantalla del ordenador. Se supone que será más intenso cuanto más lento sea el programa y que provoca que perdamos el hilo del pensamiento sobre el paciente. Esta semana he tenido una intensa experiencia sobre el problema. Un fallo en la línea de fibra óptica interinsular que actúa como autopista de la información del Gobierno de Canarias nos tuvo trabajando en un sistema en el que parecía que se creaba de nuevo cada pantalla cuando la pedías. La consulta se convirtió en una tortura, en la que hacer solamente actualizar una receta podía costar de 5 a 10 minutos. Un día muy largo.

Y en los días muy largo da tiempo de pensar. Lo cierto es que la deriva cognitiva me daba hasta para hacer una exploración entre pantalla y pantalla, o, como hice por la tarde, ya sin pacientes, leer una página de un artículo entre ellas. Y me surgió la idea de hacer una especie de autoetnografía o de autoobservación. Y empecé a pensar en la diferencia entre el trabajo con el ordenador y el trabajo con las historias de papel.

Verán, yo no he sufrido (o no he vivido) el proceso de adaptación de la práctica al ordenador. Dejé la consulta clínica cuando todo era papel (salvo las citas y la impresión de las IT), y volví cuando todo es informático, salvo la exploración. Si analizo la diferencia de trabajar con uno y otro sistema hay cosas que me llaman mucho la atención.

Decimos que pasamos mucho tiempo mirando la pantalla. Recuerdo que antes pasaba tiempo mirando el papel en el que escribía (es más dificil escribir sin mirar con un bolígrafo que con un teclado). Por supuesto que no había deriva cognitiva, cuando las cosas eran lentas, yo estaba escribiendo, lo que me daba la sensación de estar siempre ocupada. Me pregunto si al escribir una exploración, o al copiar recetas a mano, o al pasar a la historia los resultados analíticos que estaban en otro papel,  no hacía también escapadas mentales a otros temas. Eso sí, la impresión externa era la de estar ocupado.

Me han dicho que al analizar video grabaciones, se observa como el paciente y el médico miran ambos a la pantalla del ordenador, en lugar de mirarse entre ellos. ¿Qué miraba antes el paciente mientras yo escribía en el papel? ¿mi coronilla?

El sistema es imperfecto, me gustaría poder quedarme a escribir con calma las historias cuando el paciente sale, cinco minutos para plasmar la consulta y mis impresiones, antes de tener que llamar a otro paciente. Me da igual si lo escribo en papel o en el ordenador. Lo importante es escribirlo. Pero me gusta tener la historia informática: las ventajas del tratamiento bien registrado, de los resultados de las pruebas a mano, incluso de saber si el paciente está o no recogiendo el tratamiento en la farmacia. Me gusta poder consultar mis dudas en el momento de la consulta (uptodate, guia semfyc, aemps, etc.). Me gustaría poder tener un sistema informático más amable. Tal vez un sistema como el de este portátil en el que estoy escribiendo, que no interferiría en mi posición hacia el paciente, que no me exige cambiar mi postura para leer la pantalla.

Me gustaría tener una historia que me permitiera ser más narrativa, que fuera más fácil de leer antes de que el paciente entre, con un timeline rápido, como en Twitter. Y la que los diagnósticos no tuvieran que amoldarse a un CIE-9 no pensado para la medicina de familia.

Me gustaría que los pacientes que no necesitan una revisión pudieran recoger su receta en un cajero automático, tras validar que esa revisión no es necesaria. O mejor, que pudieran ir a cualquier farmacia con su tarjeta y allí le darían la medicación sin mediar papel.

Me gustaría que el sistema me permitiera gestionar mi cupo, sin tener que pedir listas. Poder consultar rápidamente qué pacientes tienen enfermedades graves y no acuden nunca a consulta, qué pacientes no han tenido una exploración completa hace tiempo, quienes no vienen ni a renovar sus prescripciones, quiénes acuden solamente en horas de atención continuada. Me gustaría un sistema informático abierto a la investigación, sin tener que superar obstaculos que, a veces, me parecen insalvables.

Pero lo cierto es que, hace 9 años, no había sistema informático. que hace 4 años esperaba a que llegara el mensajero con los resultados de analíticas, que hace 6 meses aún hacía recetas de estupefacientes, que hace un par de años los pacientes esperaban una semana por una receta visada (y ahora no tienen que esperar), que hace dos meses el neurólogo tenía 4 meses de lista de espera y ahora me contesta vía historia en 3 días todas mis dudas… Aún tengo esperanza en un futuro mejor con la historia, en una mejora continua… y en ser capaz de luchar contra mi deriva cognitiva, concetrando mi pensamiento en el problema del paciente incluso cuando la informática se empeña en amargarme el día.

Rituales médicos.

Un ritual es una práctica concreta, regulada y arraigada, con características específicas según las sociedades estudiadas, que permite a los individuos que pertenecen a un grupo social reafirmar su pertenencia y vínculos con los otros miembros del grupo (Gracia Alonso, 2011, Fuego, las acciones, los rituales y la vida. Manual de Antropología de la UOC).

Normalmente, cuando oímos hablar de ritos pensamos en los cultos religiosos. Pero nuestra vida diaria está llena de ritos, en el sentido expuesto en la definición. Especialmente nuestro mundo de la medicina está lleno de rituales. Pensemos un poco y seremos capaces de destaparlos.

Los rituales tienen tambien la función de «separar mundos». En el campo de la religión, los rituales nos permiten separar el mundo sagrado y el mundo profano, actúan en muchos casos como puentes que nos permiten pasar de un mundo a otro, y nos permiten asignar significados sagrados a objetos profanos (pensemos solamente en como, en el ritual cristiano, el vino pasa a significar  sangre). ¿Tenemos dos mundos en medicina y salud?

En mi opinión (después, por supuesto, de leer a gente más inteligente que yo, como Kleinman, Arthur Frank o un poquito de Levinas), en nuestros centros de salud, hospitales, y demás locales similares, se expresan dos mundos: el de la salud y el de la enfermedad. Los pacientes están en ese otro mundo, el de los enfermos. Ellos son otros (para nosotros y para la sociedad) y han perdido la condición de «completos». Por ello renuncian a cosas, como la autonomía para dejar decisiones en nuestras manos; por eso aceptan dejar su casa, incluso a sus familias,a veces hasta sus creencias, valores y escalas de prioridad, para ponerse en manos de quienes «controlan» los poderes que les permitirán volver al mundo de los sanos.

Pero nosotr@s, l@s médic@s y l@s enfermer@s (y algunos otros), no pertenecemos a su mundo. Nosotros estamos en el mundo de los sanos (si no fuera así, tal vez no estaríamos en el trabajo), somos «los otros» para ellos. Pero tenemos un poder especial, tenemos el conocimiento para devolver a los «enfermos» al mundo de los «sanos», o para dejarlos definitivamente en el mundo de los «enfermos» o de las «personas en remisión» (que tan inteligentemente refiere A. Frank). Para poder hacer eso tenemos el conocimiento de la ciencia en nuestras manos (del mismo modo que los sacerdotes tienen el conocimiento del ritual y el poder divino para poder perdonar nuestros pecados) y la sociedad nos ha concedido el poder de ser quienes podemos aplicarlo.

Todo este proceso está lleno de rituales, la mayoría de los cuales sirven para hacer más nítida la diferencia entre los dos mundos, y para reforzarnos, sí a nosotros, en nuestro convencimiento de pertenecer a un mundo diferente.

Lo primero que hacemos al llegar al trabajo es, por regla general, revestirnos de unas vestiduras diferentes. En mi caso, la camisa y la bata blancas marcan mi pertenencia al «club» de los médicos de adultos (las enfermeras y enfermeros no suelen ponerse bata, los administrativos tienen una camisa diferente, los pediatras van de colores). En el hospital es aún más patente: la ropa blanca, verde, morada, azul, con dibujitos, etc. marcan incluso las diferencias entre los diferentes clubes de la sociedad hospitalaria. Los más importantes, incluso, van trajeados bajo la bata inmaculada. Pero todo tiene algo en común: nos diferencian de los pacientes y nos identifican con el compañero. Incluso sin conocernos, sin saber nuestros nombres (más que por la placa identificativa), sin habernos visto nunca, nos miramos con reconocimiento. Las caras de los pacientes pasan, las de los «enbatados» se nos queda. Para tener más información , lean este artículo sobre la «la bata blanca y su signficado».

Tal vez pensemos que en atención primaria es diferente. Al fin y al cabo, nuestras tribus son más pequeñas (como mucho, las más grandes, no pasan de 100 personas, frente a los varios miles de un hospital grande), pero nuestra simbología es similar. Es posible que pensemos que la bata y el pijama nos protegen de llevarnos gérmenes a casa (cómo si nuestras casas estuvieran en lugares diferentes de las de nuestros pacientes; o nuestros supermercados, tiendas, parques fueran otros), pero de hecho lo que convierte en protección «física» a esos elementos es que los dejamos en el centro y se lavan en la lavadnería, y no en nuestras lavadoras. Daría igual que vistiéramos con unos vaqueros, si nos los lavara la empresa. Cuando nos vestimos de blanco, nos diferenciamos de todos los que entran por la puerta del centro a buscar la «bendición o la maldición» del sistema sanitario.

Reconocer rituales es muy fácil cuando analizas una sociedad diferentes, porque la extrañeza es el primer paso, pero reconocer nuestros propios rituales, destaparlos, destriparlos y hacer autocrítica es mucho más complicado, porque al fin y al cabo, son normales, forman parte de nuestra vida. Y querer difuminar la diferencia entre los dos mundos es un paso aún más atrevido, porque tiene que ver con el poder. Y tal vez ni siquiera los pacientes lo tengan muy claro, como el que, sorprendido, me dijo: «doctora, ¿era usted a la que vi el otro día vestida con el uniforme de la banda de música?» Al fin y al cabo, esas son cosas que hacen las personas de su mundo, no del mío.

Como reflexión personal, debo reconocer que a mí no me gusta andar entre mundos, con fabricar uno solo tengo de sobra para complicarme la vida.

Pureza, peligro y gripe. Reflexiones desde Mary Douglas.

A lo largo de la última semana se ha estado formando el caos en relación con las noticias alarmistas en relación con la gripe estacional. Muchos profesionales están llamando a la calma frente a un impacto informativo que da una imagen equivocada del problema.

Lo cierto es que ha coincidido con la relectura, por motivos académicos, de la introducción a la segunda edición española de un libro clásico de la Antropología de la Religión, Pureza y Peligro, de Mary Douglas. Resulta curioso como la lectura de temas aparentemente tan diferentes de la medicina, me despiertan reflexiones relacionadas con ella.

Lo que Douglas refuerza es que no hay tanta diferencia entre las sociedad primitivas y las modernas. Lo que cambia es simplemente el modo en que atribuimos la culpa, es decir, cómo asignamos las responsabilidades de las cosas que nos ocurren. En función de ello, modulamos la respuesta de la sociedad a los acontecimientos. En cualquier caso, ella insiste en que «en todos los lugares y épocas el universo se ha interpretado en términos morales y políticos«, «casi todas las enfermedades se utilizarán para definir un sistema de atribución de la culpa«. La utilización política (e interesada) del peligro es una constante en todos los tiempos y todos los pueblos. No podemos conocer el mundo totalmente, y la fragmentación de nuestro conocimiento hace que podamos dar interpretaciones en función de nuestros intereses (como sociedad). Y lo que la ciencia no ha conseguido es crear personas sin aspiraciones de dominio. Hay una politización de los discursos sobre el riesgo.

Por supuesto, una sociedad no elige voluntariamente a qué o quién va a atribuir las culpas de las  desgracias, es algo que se va construyendo, de modo grupal, lentamente.

Y, ¿qué tiene esto que ver con la gripe? Continuar leyendo «Pureza, peligro y gripe. Reflexiones desde Mary Douglas.»

Tecnología ¿para la salud?

Hoy me ha llamado la atención un titular, marginal, de la edición electrónica del periódico El País: «Sensores que indican al médico si el paciente cumple las prescripciones«, que nos lleva a un artículo titulado: «Tecnología para la salud».Resulta un ejercicio interesante analizar las ideas que suybacen entre líneas en relación con la salud y otras cosas de la realidad sanitaria.

El artículo forma parte de la cobertura informativa de una feria tecnológica de alcance internacional, el CES 2014, que se celebra en Las Vegas. Al parecer allí se reúnen para decidir que cacharros electrónicos vamos a comprar a lo largo del año siguiente (y más). Y, por supuesto, aparte de teléfonos, drones, gafas 3D, coches fantásticos, la salud ocupa un lugar central. O mejor podrías decir , la tecnología para la salud. Y hoy toca hablar de las tendencias electrónicas en salud. Continuar leyendo «Tecnología ¿para la salud?»

La muerte digna, otras perspectivas

La sociedad, el arte, la cultura, toda civilización humana no es sino evasión, un gran autoengaño colectivo cuya intención es hacernos olvidar que incesantemente caemos por el aire, que a cada instante estamos más cerca dela muerte» Sven Lindqvist, Exterminate all the brutes (leído en Ayudar a morir, de Iona Heath).

El libro de Iona Heath Ayudar a morir debería ser un libro obligatorio para todos los residentes de medicina de familia. Yo he llegado a él con un poco de retraso y recomendado por mi profesor de ética y filosofía política, para el trabajo fin de grado (TFG). Breve e intenso. Y un buen modo de empezar a hablar sobre la dignidad de la muerte. Que, según la Dra. Heath, no es otra cosa que el fin de una vida digna. #CARNAVAL SALUD SELLO blogs

Este es mi segundo post para el #CarnavalSalud, uno menos emocional pero no menos polémico (aquí pueden verlos todos).

Como parte de la propuesta de pre-proyecto de TFG que debo hacer este curso, me han recomendado la lectura de algunos libros y he iniciado la búsqueda bibliográfica pertinente. Cómo se trata de un trabajo en el área de las Humanidades, la bibliografía puede resultar extraña para una médica. Aunque me sorprendió encontrar a Iona Heath entre las recomendaciones.

Muerte digna es un término que se relaciona con el de eutanasia (realmente el término que se relaciona con muerte digna es el de ortotanasia, para diferenciarlo de la eutanasia). El término eutanasia, incialmente buena muerte, tiene actualmente otra definición más concreta y limitada a un tipo especial de muerte, la muerte adelantada artificialmente por deseo del paciente (no es texto exacto de la definición pero creo que es una aproximación muy comprensible). El problema cuando hablamos de «muerte digna» es que podemos estar entendiendo diferentes cosas en el mismo término (por ejemplo, ¿por qué decir que buena muerte y muerte digna son o tiene que ser dos cosas diferentes?). Por eso es tan fácil ponernos de acuerdo con que todos tenemos derecho a una muerte digna. Lo complicado es ponernos de acuerdo sobre lo que creemos que es una muerte digna.

Uno de las cuestiones es la de la existencia o no de debate sobre el tema. Lo cierto es que, en relación con todo este tema de la muerte digna, la eutanasia, el suicidio asistido, el encarnizamiento terapéutico, etc, no existe mucho debate en las facultades de medicina. Más bien se transmite una línea de pensamiento que se considera la correcta. No hace falta debatirla, solo aprenderla o aprender sus fundamentos (esa es al menos mi impresión, en mi experiencia). Continuar leyendo «La muerte digna, otras perspectivas»

Acompañar el morir, un elemento de dignidad

#CARNAVAL SALUD SELLO Wikisanidad en su #CarnavalSalud ha planteado este mes un tema difícil. Difícil no solo por la probabilidad de encontrar múltiples opiniones diferentes como por la dificultad de hablar de un tema que ha adquirido el estatus de tabú en nuestra sociedad. Muchos blogueros, animados por el primer post de Monica Lalanda (polémico de una manera impresionante ajuzgar por los comentarios), han contribuido al debate, y yo me planteo qué puedo aportar de más.

El tema no me es ajeno. Tras volver a la clínica a principios de este año, lo termino con varios pacientes en situación de enfermedad terminal. Son esos pacientes los que te recuerdan la presencia de la muerte y la necesidad de la reflexión. Esta semana, por primera vez en mi vida profesional, me he sentado con una paciente, a su vera, en su cama, en su casa, y hemos hablado de su muerte, tan próxima que no creo que vea un nuevo año. Primero su familia, y luego ella, han decidido que quiere morir en su casa. Y a mí me toca estar a la altura de las circunstancias. Solo me ha pedido «no sufrir, no morir asfixiada como vio morir a una tía suya». Confieso que tengo terror, terror a no estar a la altura de lo que necesita de mí. Ni siquiera pude reprimir una lágrima cuando empezó a hablar de sus hijos y de su marido, uno a uno, alabando y agradeciendo la vida compartida. Todos estaban presentes en la entrevista.

Romper la conspiración de silencio cuando el paciente lo solicita, responder a sus deseos, asegurar nuestra asistencia en todo lo necesario, ser soporte de la familia y del paciente… enorme carga para unos simples mortales, que lo único que tenemos es un poco más de estudios. Y la presencia desgarradora de la realidad de la muerte.

Hace una semana una paciente y su hija me dieron  las gracias. Gracias por hablarles ocn franqueza, por romper los silencios y las verdades ocultas, por permitirles hablar del escaso futuro (en este caso, meses) que tienen por delante. Hace unos días, en una nueva visita, me recibieron con una sonrisa, con la tranquilidad de saber que cada día es único, que ya no vale dejar para después, que todo debe ser dicho ya.

Ya he dicho en otros post que considero un honor ser médica de familia. Es un honor que te permitan compartir lo más íntimo de la vida, la muerte. Solo en eso ya tenemos un principio para hablar de dignidad de la muerte… pero eso será otro post… menos emocional y un poco más académico (al fin y al cabo, la muerte digna y la ética será mi tema del trabajo de fin de grado de Humandides)

La grandeza de la medicina de familia

¡Aviso a navegantes! Éste es un pequeño ataque de orgullo por nuestro trabajo y una invitación a futur@s médic@s que no tienen claro si elegir medicina de familia vale la pena. 😀

¿En qué otra especialidad médica tienes en el mismo día la oportunidad de compartir con pacientes la alegría de la promesa de una nueva vida y la angustia de la amenaza de una muerte anunciada? ¿En que otra especialidad médica te reciben con un café y una sonrisa y te despiden con un beso y una tarta cuando acudes a una visita, y te abren de par en par las puertas de su casa  permitiéndote entrar en su intimidad (incluso cuando la enfermedad es grave)? ¿En que otra especialidad, además, comparten sus angustias contigo, aunque no crean que sean una enfermedad ni que tengas ninguna solución que ofrecerles? Poco a poco empiezas a ser parte, y no una parte pequeña, de la vida de tus pacientes.

Y eso a pesar de la presión asistencial, la burocracia, la falta de sustitutos y los pacientes sin cita. Y la poca consideración por nuestr@s compañer@s hospitalari@s. Y salir, a veces, demasiado tarde del trabajo.

Pido disculpas por pecar de optimista, pero una mirada diferente cambia el modo en que vemos nuestro trabajo. No cambia lo malo, pero permite disfrutar de lo bueno. Debo tener una enfermedad crónica llamada «ser médica de familia (código CIE-9: XXXXXX)» ¡qué se le va a hacer!

Cuando la cultura nos hace sufrir

No voy a hablar de los recortes institucionales en la cultura, entendida como «el producto de las actividades artísticas y/o artesanales» que normalmente asignamos como significado a la palabra. Ene se caso, sería la ausencia de la cultura lo que nos hace sufrir. Pero el tema que quiero comentar es precisamente el contrario, la cantidad de sufrimiento que nuestra cultura provoca en las personas.

En las últimas semanas he tendio en la consulta varios pacientes varones con síntomas que pueden diagnosticarse como «depresión mayor». La historia de todos tiene un argumento común, aunque la trama puede variar. Hombres de edad variable que perdieron su trabajo hace unos años, que no tienen ingresos, y que dependen de sueldos míseros aportados por sus parejas, sus padres o sus suegros. Y que muestran desesperanza en un futuro mejor, o lo que es lo mismo, no atisban un puesto de trabajo, por malo que sea, en los meses venideros.

Todos cuentan un complejo emocional similar: «me siento inútil, me dicen que no hago nada, pero estoy todo el día haciendo las cosas de la casa (al menos me ocupo y ayudo a la familia), la familia estaría mejor sin mí, me enfado y me siento violento con todos«. Seguramente cualquier profesional de la salud está encontrándose con historias similares. Y aquí entra la parte «social» del cacareado «modelo bio-psico-social«. ¿Qué nos aporta el conocimiento de lo social?

rol-de-generoLa cultura, para la antropología, la sociología y la teoría de la cultura, no consiste solamente en los productos artísticos, sino que es «el todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la ley, la moral, las costumbres y cualquier otra capacidad adquirida por el hombre como miembro de una sociedad» (Tylor, 1871). La cultura la adquirimos de modo inconsciente desde nuestra más tierna infancia, de modo que calificamos de normal aquello que nuestra cultura considera un comportamiento adecuado y de «anormal» lo que se desvía de la norma. Sobre la mayoría de nuestros comportamientos, creencias y definiciones de lo normal no tenemos ni la más mínima reflexión crítica. Están tan internalizadas que, si no nos enfrentamos a una situación contraria o conflictiva, no nos las planteamos como construidas socialmente. Lo que es más, Zygmunt Bauman, en La cultura como praxis, nos recuerda que la cultura es un sistema coherente de presiones apoyadas sobre sanciones, de valore sy normas interiorizados, de hábitos que garantizan la repetición de las conductas individuales… la preservación de la tradición (p. 27).

Dentro de nuestra cultura existen formas internalizadas de entendernos y de valorarnos, en la medida que cumplimos lo que la sociedad quiere de nosotros. Son tan potentes que, incluso conociéndolas, no podemos sustraernos totalmente a ellas. Me refiero a cosas como el rol del hombre y de la mujer en la familia. Estos pacientes que menciono tienen un trastorno provocado por la situación de desempleo que se agrava por las creencias sobre la propia utilidad que la sociedad nos ha inculcado. El valor del hombre está en que aporta los garbanzos a la familia, es el sustento principal, es la función que la sociedad les asignó, mediante la repetición continuada de patrones de comportamiento, desde la infancia. Por tanto, no están cumpliendo con su función, y se sienten inútiles ante la sociedad y, lo que es más importante, ante su familia.

Esto no es diferente de lo que, hace no mucho, veíamos en las mujeres doblemente trabajadoras: el sentimiento de culpa inherente a la mujer trabajadora que consideraba no ser lo suficientemente buena madre por no estar en casa el tiempo suficiente (sea cuál sea la magnitud de ese tiempo). Se sentían estresadas, agobiadas e instisfechas consigo mismas.

Me imagino el impacto que puede tener la situación combinada: la madre trabajando muchas horas por poco sueldo, y el padre ocupándose de las labores de la casa, sin encontrar un trabajo y dependiendo económicamente de su mujer. Por desgracia, no hemos avanzado lo suficiente culturalmente en nuestra sociedad para que esta situación no genere múltiples disonancias emocionales.

Yo no creo que sea culpa de nadie ( en esta época en la que gustamos de encontrar culpables para todo). La construcción cultural de una sociedad es responsabilidad de todos y se tarda más en cambiarla que en construir una pirámide. Pero hacer visible el sufrimiento causado por nuestras «concepciones culturales» puede ayudar a las personas a reconstruirse desde otra perspectiva. Eso es lo único que se me ocurre hacer. Y transmitir la importancia que tiene que los/as médicos/as de familia seamos capaces de analizar críticamente nuestra cultura.

Contra el pensamiento único, conocer otras realidades

Paul Bohannan en «Para raros, nosotros«, un texto académico sobre Antropología, nos invita a ser reflexivos con la propia cultura, no con el fin de negarla, sino de escogerla (o no ) con conocimiento de causa. Elegir un camino, una ideología, una cultura no significa menospreciar o negar la validez de las demás opciones, sino ejercer una responsabilidad, la de elegir sabiendo que no es nuestra única opción.

Hemos crecido, al menos la mayoría, en una cultura del pensamiento único, herencia, en gran parte, de otras épocas de nuestra historia. Pero tendemos a aplicar ese «pensamiento único» a todas nuestras actividades. De este modo, corremos el riesgo de creer que hay una sola manera de pensar y hacer las cosas.

En medicina de familia esto se concreta en pensar que hay una sola forma de pensar (de hacer ideología y apología) de la medicina de familia. Como crecemos (=nos formamos y trabajamos) conociendo una forma casi unica en todo el país, es decir, equipo de AP, énfasis en la prevención, etc. podemos pensar que todo médico/a de familia en cualquier parte tiene las mismas experiencias e ideas. Pero no es así.

Invito a los lectores a leer «Ideological Debates in Family Medicine» (Sthepen Buetow & Tom Kenealy, editores) para comprobar como pueden darse argumentos, sensatos y bien definidos, para perspectivas y maneras diferentes de ejercer la medicina de familia: atención familiar, salud poblacional, el enfermo como centro, subespecialización, incertidumbre, MBE, racionalidad versus emociones, en equipo o no, etc. El número de autores que contribuyen es elevado y proceden de todo el mundo. Entre ellos Juan Gervas, Barbara Starfield, Iona Heath…¡Solo por ellos vale la pena!. (¡Ojala estuviera traducido!)

Creo que es un sano ejercicio plantearse el «¿y si fuera de otro modo?». Imaginar otras realidades diferentes jugando con cambiar cosas en la nuestra, teorizar sobre las alternativas, desarrollar un pensamiento crítico con todo, incluso con nosotros mismos. Un ejercicio de imaginación  destinado no a soñar mundos irreales sino a plantear alternativas que pongan en jaque nuestra realidad, obligándonos a razonarla y argumentarla. Y todo ello destinado a cambiar el (nuestro) futuro y no a perpetuar un mismo presente.

Al final podemos seguir pensando que la forma en que nosotros pensamos la medicina de familia es la mejor (en nuestro aquí y nuestro ahora), o no. Pero, en cualquier caso, será una cuestión de elección y no de imposición de un pensamiento único.

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