De oposiciones va la primavera…

Después de demasiadas semanas sin escribir, debo una disculpa. Las circunstancias a veces me desbordan y aunque en mi cabeza múltiples textos luchan por salir, el tiempo no me da para más.
El próximo 5 de mayo se cumplirán 14 años desde que terminé la especialidad de Medicina de Familia y, espero por fin, haber podido presentarme a las primeras oposiciones “normales” desde entonces en el Servicio Canario de Salud (salvando la convocatoria extraordinaria que allá por el 2003 se convocó para intentar salvar a la ingente cantidad de interinos sin oposiciones con muchos trienios de antigüedad). El anuncio del examen (ya confirmado para el 26 de abril) desbarató mis planes y me ha obligado a una dura adaptación. Pero no quiero abandonar este blog, así que transcribo la reflexión que en su momento escribí y que, por no tener tiempo de revisar, no había publicado.
20140321-072651.jpg

El invierno, ahora en su apogeo a lo largo y ancho del hemisferio norte, anunció la convocatoria de oposiciones para plazas de medicina de familia en el Servicio Canario de Salud. La primavera nos traerá el examen y para el verano habremos pasado tan angustioso trance en la vida de los trabajadores del servicio público de salud.
Haciendo una metáfora, podría también decir que tras el largo invierno de la ausencia de convocatorias públicas a las plazas de medicina de familia (solo una en ya casi catorce años que mi título de especialista en medicina de familia lleva colgado en la pared), se adivina la primavera de la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo indefinido con los derechos, o casi, de cualquier empleado público.

Por ello, aprovechando que estoy en medio de la crisis de angustia secundaria al próximo examen, voy a reflexionar sobre dos aspectos de esta oposición, tal vez incluso sean aspectos de todas las oposiciones. El primero, su utilidad, y el segundo, su justicia.
¿Tienen utilidad las oposiciones? El sentido de una oposición es elegir a los candidatos a un empleo público mediante la valoración de su capacidad y su mérito en relación al puesto de trabajo que van a ocupar. En teoría estoy permitiría elegir a los mejores y, lo que es más, forzar a los candidatos a ser lo mejorcito en su trabajo para poder aprobar y conseguir el bien más preciado: “un puesto de trabajo fijo”. Podría pensar que esta oposición es una motivación intensa para que se esfuercen en repasar y estudiar los elementos fundamentales de la profesión aquellos que no tienen muy arraigado dicho hábito. Pensado así la atención sanitaria ganaría un montón en calidad.
Pero ¿es esa la realidad? Lo cierto es que la inmensa mayoría de oposiciones a medicina de familia en este país se basan en un examen tipo test (incluido el examen MIR, por cierto). Por supuesto, la razón fundamental de la elección de este tipo de examen debe de ser la economía (es más fácil de corregir) y la honestidad (bien planteado y controlados los accesos a los examinadores, es totalmente objetivo). Pero…todavía estoy por ver que un paciente entre en la consulta y me plantee cinco opciones para su diagnóstico con una sola respuesta correcta. La medicina, para bien o para mal, no se ejerce mediante test.
Claro, cuando preparas un examen es fundamental centrarte en los elementos más importantes para la buena calificación. Entre estos elementos está el tipo de examen. Así que, si lo preparas muy bien, podrías sacar muy buena nota, y … no ser capaz de afrontar una consulta. Entonces, ¿dónde queda lo de elegir a los mejores? Pues queda supeditado a las condiciones organizativas del proceso. Si es más fácil hacer un test, pues eso, hacemos un test.
En cuanto a la justicia de las oposiciones, pues depende a quién se le pregunte. Todo baremo de méritos será justo para aquellos que salen favorecidos e injustos para los que no. La cuestión es que el sistema de puntuación de los méritos de conoce justo cuando ya no puedes hacer nada para mejorar tu puntuación. Por lo tanto, te pasas un montón de años sin saber si lo más importante serán los cursos, la investigación, hacer el doctorado, tener otra carrera, hacer otra especialidad, etc. etc. Si el baremo se conociera con antelación, es decir, si fuera algo no cambiable en cada convocatoria (o al menos con un porcentaje fijo) cada uno podría ir reuniendo los méritos que crea más conveniente. Pero la realidad es que te dan las normas de juego justo cuando sales al campo. Y ya no hay entrenamiento posible.
Podría decir que la medicina es una profesión que obliga al estudio continuo y que, de ser así, no hay que tener miedo a un examen de conocimientos para la práctica diaria. Pero también es cierto que en la práctica diaria no me sé de memoria un montón de datos inútiles (como en qué capítulo de la Ley de Autonomía están recogidas las normas sobre consentimiento). Me hace falta conocer las normas y su aplicación, el cómo resolver los dilemas éticos, el cómo realizar y enfocar una entrevista, el cómo manejar la incertidumbre, el cómo preguntarme y buscar las respuestas (no hay que saberlo todo, pero sí donde encontrarlo), el cómo reflexionar sobre mi propia práctica, cómo mejorar día a día, y lo más difícil, cómo mantener la ilusión en esta profesión al mismo o superior nivel que el primer día.
Desde aquí quiero animar a todos los que están compartiendo conmigo este trance (unos 2200, creo), invitarlos a quedarse con lo positivo (la capacidad de esfuerzo, el aprendizaje que nos llevemos a las consultas, el manejo del estrés que indefectiblemente estamos aprendiendo a hacer), y pedirles disculpas si el 26 ni siquiera soy capaz de reconocerlos en el barullo de las aulas en esa antigua institución que es la Laboral de La Laguna.