Gracias por escuchar

Cuando empiezas la carrera de Medicina, incluso cuando avanzas por ella y cuando terminas y empiezas tu etapa profesional como residente, sueles pensar que el momento más emocionante como médica será aquel en que un paciente te agradezaca haberle salvado la vida. Porque en esa juventud profesional todavía piensas, crees (o te engañas pensando) que los médicos salvamos vidas. Y si eso es lo más grande que la sociedad puede conceder, el poder sobre la vida y la muerte, que antes solo tenían los dioses, cómo no van los pacientes a agradecernos cuando los rescatamos de las garras de la de la guadaña.

Pero creces y descubres que como mucho podrás alargar algunas vidas, pero salvar de la muerte…eso…es otra cuestión. Y entonces puede que tu profesión, tan admirada, pierda su mayor glamour y empieces a pensar que, total, todo es casi burocracia. Aterrizas, con mayor o menor acierto, en la humildad de saber que no puedes hacer demasiadas cosas, que no tienes los grandes poderes que algunos profesores ensalzaban en sus clases. Que como mucho alargas la vida de algunos y en el mejor de los casos mejoras la calidad de la vida de muchos.

Entonces, si tienes suerte, tienes la experiencia que yo he tenido esta semana en la consulta. Experiencia que rellena tus baterias y te hace amar esta profesión, que aleja cualquier arrepentimiento (como el de podía haberme puesto en la cola de matrícula de los de matemáticas, que no tienen tantos dilemas éticos). Y la experiencia es muy simple, y muy compleja a la vez. Es el momento en que una paciente te dice “gracias por escucharme, ahora estoy mejor”. No has hecho nada (tangible al menos), no has curado sus múltiples achaques (porque no puedes), no le has dado un boleto de lotería ganador (ni lo tienes) ni un trabajo, ni has alejado a su marido alcohólico, ni has cubierto su soledad diaria, no has arreglado nada de su vida…ni siquiera has cambiado su medicación, solo has dejado el teclado, has puesto las manos en la mesa, has mirado y has puesto tu ser en escuchar la historia de una mujer. Son las palabras de agradecimiento más profundas que he recibido nunca, y no he hecho nada ¿o sí?

Gracias a los pacientes por hacerme mejor médica cada día. Gracias a los lectores por estimularme a escribir.