Eres una empresa de ti misma, tienes que producir, has llegado lejos y lo has hecho sola, no has necesitado a nadie. Ha sido tu propio esfuerzo, tu trabajo duro, tus noches en vela. ¿Por qué deberías ahora colaborar con los demás? Cada uno construye su propia historia.
¿O no?
Crecimos y crecemos en una sociedad que ha conseguido imponer un relato único, el de que cada uno se hace a sí mismo. Nadie debe necesitar a nadie. Necesitar a otros es debilidad. Una selva de seres individuales, luchando por la “comida”, por cada puesto, por cada escalón, hechos a sí mismos, sin ayuda, solo su esfuerzo, el mérito. Y has llegado y crees firmemente que no debes nada a nadie.
No necesitas agradecer nada a nadie, ni en tu camino ni el día a día. ¿La cajera que te pasa la compra? Es su trabajo. ¿La señora que limpia tu despacho? Es su trabajo. ¿La persona que te cede el paso en la calle? Es que molesta, ¿no lo ve?, yo voy más rápido, avanzo más. Si esas personas están ahí y no aquí, es porque no se esforzaron lo suficiente.
Fantasías que te permiten pensar mejor y mejor de ti misma. Que te permiten vivir sin colaborar con nadie. ¡Cada palo que aguante su vela! Que te liberan de la responsabilidad de pensar en los demás. ¡Con cuidar de mí misma tengo suficiente!
Pero…
Y si fuera un engaño…
Y si fuera una fantasía, un sueño, una pesadilla…
Y si fuera un modo de aislarte de todo y todos. Así sola, eres más maleable, más manipulable, más fácil de engañar, de enganchar en una vida que solo sirve para exprimirte hasta la extenuación.
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