¿EXISTE UN NACIONALISMO ESPAÑOL?

Parece, por la forma en que aparecen redactadas las noticias de los periódicos, que sólo existe nacionalismo cuando un pueblo es nación pero no estado. Sin embargo, ya comentamos que la mejor forma de definir nación es considerarla una conciencia colectiva imaginada socialmente. Entonces, no hay ninguna razón para pensar que un Estado no puede tener una Nación, y que ésta no pueda dar lugar a un nacionalismo, como movimiento derivado.

Partiendo desde este concepto de nación, ¿es posible definir un nacionalismo español, es decir, un nacionalismo ligado a una nación española? ¿En que  medida este nacionalismo, de existir, se identifica con el Estado español? ¿Es factible la co-existencia de nacionalismos diferentes bajo el mismo estado?

Empecemos por el principio. Plantear la existencia de un nacionalismo español supondría reconocer la existencia de una conciencia colectiva de lo que es la nación española, y la identificación del colectivo que convive en este territorio con esa nación. Por supuesto, ya sabemos que la conciencia colectiva que forma la nación es una construcción social e incluso que es una construcción social controlada por los grupos de poder. No hay ningún elemento que nos haga pensar que no es posible la existencia de este sentimiento y por tanto de la nación llamada España. ¿Qué grupos de poder definen el concepto de nación española?

Bueno, la realidad es que España, tal y como la conocemos actualmente, es relativamente reciente como concepto nación-estado. Esta España se diseñó en las Cortes de Cádiz, gran contribución al movimiento liberal que recorrió Europa en el siglo XIX. Cádiz era heredera de las revoluciones americana y francesa y del espíritu ilustrado de fines del siglo XVIII. Pero, a la vez, marcó sus diferencias. Tanto la revolución americana como, especialmente, la francesa intentaron desligarse de los grupos de poder estamentales (nobleza, Iglesia, monarquía, principalmente) para crear sistemas de gobierno en los que el pueblo tenía un papel importante (aunque el éxito no fue tan apoteósico como a veces nos explican en la escuela) y, especialmente la Revolución Francesa, buscaba un estado independiente de la Iglesia. Las Cortes de Cádiz, reunidas en plena ocupación napoleónica de España, no tenía como objetivo una revolución liberal total. No hubo un especial interés en incluir a las clases bajas en el proyecto, y sobre todo, definió a una España basada en la tradición, pre-existente antes de las mismas Cortes y que no necesitaba el consenso social para existir. Es más, la Constitución de Cádiz, en contra de las ideas constitucionales de respeto a la libre elección de creencias, proclama la catolicidad de España. Se construye una idea de nación, liberal, pero apoyada en una tradición previa a la propia definición de nación.

Y es aquí dónde falta algo: no hay una conciencia colectiva construida comunitariamente que desemboca en la definición de España como nación. Hay una definición apoyada en conceptos como la tradición que son tan sólidos como la justificación de la monarquía absoluta en la gracia de Dios.

Sin embargo, no se trataba de una oportunidad perdida. Era posible aún construir un sentimiento nacional (colectivo) mediante las herramientas que el estado tiene para “manipular” a sus ciudadanos: la educación, la creación de tradiciones comunes, la consolidación del sentimiento de participar en la construcción de un proyecto común (comunidad imaginada). Pero el estado liberal del siglo XIX falló en todas estas condiciones: no fue capaz de poner en marcha un sistema educativo eficaz al alcance de todos los ciudadanos; el sistema político, débil, controlado por una escasa proporción de personas (podían votar en cualquier momento menos del 5% de los habitantes), en el que el pueblo no se sentía participante; la existencia de un sistema caciquil de control del poder local que poco tenía que envidiar a otras formas de poder estamentales; un sistema político que aprovechaba cualquier oportunidad para controlar y disminuir el catálogo de libertades; una exclusión deliberada de la ciudadanía del debate político…En fin, no se favoreció la construcción, lenta pero segura, de un consenso nacional sobre una idea de España que pudiera ser compartida y aceptada por todos.

La incapacidad para crear este sentimiento colectivo basado en el consenso social llevó finalmente al uso de una de las prácticas de poder más útiles para evitar las disensiones: homogeneizar culturalmente a todos los habitantes, empezando por el idioma, y abarcando una cultura y un discurso histórico único para todos los pueblos, utilizando para ello el recurso de la fuerza (el poder centralizado de un gobierno).

Dejando de lado el intento democrático de la Segunda República, la idea de una sola posibilidad de definir la nación española ha predominado en los dos últimos siglos. Probablemente uno de los puntos culminantes es la época franquista, en la que España se definía como una, católica, con una sola lengua y una sola cultura. Todo lo contrario a la realidad de cualquier comunidad en las que, como he explicado previamente, coexisten siempre culturas diferentes, identidades diferentes, incluso en un mismo individuo.

Por lo tanto, parece probable que sí existe una nación española (aunque su construcción sea más teórica que real), y por tanto, no hay motivos para negar que, a partir de esa idea de nación, se pueda elaborar un nacionalismo. Un nacionalismo español que es excluyente, es decir, que considera que solo hay una forma de sentirse español y que no se puede ser otra cosa a la vez. Lo curioso es que, este nacionalismo que existe con el mismo derecho que cualquier otro, parece negar su propia existencia y nunca se refiere a sí mismo como nacionalismo. ¿Por qué? Tal vez porque se ha construido una idea de nacionalismo (como ideología) que lo asocia a lo negativo, la negación del estado o el separatismo violento. En este contexto es dificil reconocer que cualquier postura de defensa de una sola posibilidad de identidad colectiva es también nacionalismo. O tal vez porque se ha empeñado en considerar que nación y estado son sinónimos (nosotros tenemos razones para creer que no) y en ese caso solo es posible la existencia de un nacionalismo correcto dentro de un estado. La cuestión fundamental es que la idea de nación española no está construida sobre el imaginario colectivo del pueblo, sino sobre la teoría de grupos de poder, que la consideran inherente a un territorio delimitado, de modo que todo habitante de ese territorio tiene la obligación de asumirla.

En mi opinión, lo peor de todo este conflicto es la capacidad que tienen quienes ostentan el poder (en cualquiera de los lados en conflicto) para conseguir que casi cada persona se coloque en un polo (se incluya en un grupo y se excluya en el otro) definiendo cualquier discusión nacionalista en función de la dualidad blanco-negro, bueno-malo, acierto-error… ¿No es posible que todos estemos equivocados y a la vez todos tengamos razón? ¿Por qué no imaginar un estado construido a partir de un consenso en el cual cada uno pueda adoptar la identidad nacional que más le apetezca entre todas las que hemos construido/imaginado colectivamente?