EL PATRIOTISMO CONSTITUCIONAL DE HABERMAS Y EL CASO DE ESPAÑA

Después de todas estas dudas, reflexiones, opiniones y tal vez, tras haber generado más de un malestar ( que son el origen del aprendizaje), quiero plantearme una última pregunta más. La lealtad a la Constitución, como norma superior aprobada por todos los españoles, se esgrime una y otra vez como justificación para no permitir un cambio del estatus actual. En cierta medida parece que todo/a ciudadano/a español/a debe acatar como correctos aquellos preceptos recogidos en la Constitución sin que haya demasiada cabida a la discusión sobre la pertinencia de ellos. Es decir, a veces siento como si la Constitución fuera el clavo que cierra cualquier posible debate sobre temas políticos: si la Constitución lo dice…no hay más que hablar.

En este sentimiento de inflexibilidad que se nos transmite hay algo de dogmatismo que, personalmente, me recuerda al dogmatismo religioso: cuando hay una indicación clara desde arriba, los fieles no deben discutirlo, el problema ya ha sido resuelto. Sin embargo, el mismo concepto de constitucionalismo parte de la idea del consenso ciudadano a la hora de diseñar las leyes que le van a afectar. El patriotismo constitucional se encarga de defender este concepto.

El patriotismo constitucional se sustenta en dos premisas: existe una conciencia nacional y existe una mentalidad republicana. La conciencia nacional es lo que permite que una comunidad se sienta parte del mismo proyecto político y, por tanto, pueda aceptar una norma igual para todos, es la forma de crear vínculos entre ciudadanos. La mentalidad republicana es la que permite que la conciencia nacional se construya sobre el modo de actuar de los ciudadanos como sujetos de derecho y no sobre cuestiones étnicas, idiomáticas o culturales. Es decir, la mentalidad republicana es la que nos impulsa a participar activamente en la vida política democrática. Y, bajo este paraguas, son ciudadanos todos los que aceptan participar en este proyecto. La idea de ciudadanía se sustenta sobre ambas: si no hay identidad colectiva, se fragmenta la sociedad en demasiados grupos (cada uno defendiendo sus intereses, hasta el individualismo) pero si no hay mentalidad republicana, se impone una identidad excluyente (fundamentalismo basado en la identidad). En el término medio, como decía Aristóteles, está la virtud. Pero también nos dijo Aristóteles que el término medio no tenía un valor aritmético definido y que cada uno tenía que encontrar el equilibrio entre los dos vicios.

El patriotismo constitucional sería el sentimiento que tienen todos los ciudadanos de participar en la creación de su propia constitución. ¿Tenemos los españoles ese sentimiento?¿Nos sentimos partícipes del diseño constitucional? O ¿solo nos sentimos convidados de piedra que se limitaron a dar un sí o un no al conjunto de toda la norma (que por supuesto tiene partes que pueden consensuarse fácilmente pero otras que no)? Lo que es más, quienes no pudimos participar en su momento (porque nuestra edad no daba para participaciones políticas) nos vemos abocados a aceptar, casi como si fuera una verdad revelada, todos los postulados que, en su momento, pudieron ser útiles, pero que ahora tal vez ya no lo sean tanto. Por lo tanto, la construcción de mi, de nuestro patriotismo constitucional adolece de algunos puntos negros: no podemos ser partícipes de la construcción de consenso. No hay que olvidar que el deseo de participar no es necesariamente una reclamación de la maldad de lo existente. Podemos estar totalmente de acuerdo con lo existente, pero la cuestión es que necesitamos ser partícipes de ello.

En relación a lo anterior, refiere Habermas: “no podemos buscarnos nuestras propias tradiciones, pero sí que debemos saber que está en nuestras manos decidir cómo podemos proseguirlas…” Necesitamos la tradición cultural, nos proporciona identidad, pero la tradición no se agota en su recepción. Para legitimarla y para construir el patriotismo constitucional debe ser actualizada y legitimada constantemente mediante la democracia (universalizada). La cuestión es que no deberíamos quedarnos en una nación cultural (que se legitima por la tradición y es ajena a la voluntad de sus miembros) y tendríamos que optar a una nación política (legitimada por la voluntad de sus miembros). Tal vez, si todos fuéramos participantes políticos en la construcción de la nación, el problema de desprestigio de la política quedaría en segundo plano (puesto que ya no serían unos pocos los que definirían la nación).

Pero ¿España se define como nación cultural o como nación política? Si aplicamos los conceptos habermasianos tendría que existir un consenso ciudadano para definir lo que es España. Pero los propios padres de la Constitución definen España como algo permanente, que existe desde antes del propio texto constitucional y que no surge de él. “Damos por sentado que España, como nación, existe antes de la Constitución…” (Gregorio Peces Barba); “Y es evidente que la Constitución no puede derruir los cimientos o fundamentos del edificio que es España” (Miguel Herrero y Rodriguez de Miñón). Por lo tanto, si España es previa a la constitución y ésta lo que hace es afirmarla en su existencia, ¿dónde queda el consenso colectivo necesario para construir un patriotismo constitucional? Si los ciudadanos no construyen su nación, ¿puede imponerse el sentimiento de pertenencia? ¿Es posible que esto sea uno de los cimientos del problema de identificación de demasiados ciudadanos del estado español con la nación española? ¿Es posible que recomencemos la construcción nacional y del patriotismo constitucional mediante un giro desde la imposición a la reflexión colectiva, donde todos podamos sentirnos escuchados y escuchar y desde donde se pueda construir un consenso ciudadano, que no de partidos políticos?

Conocer y aceptar la tradición, según Habermas, no es un problema (es la nación “nacida”). El problema reside en olvidar que además hay que construir la nación “querida” y esta necesita de una trama democrática intensa.