LA NACIÓN ¿ESA GRAN DESCONOCIDA? (II)

Continuando con los interrogantes del post anterior  aún no he definido qué es una nación.

La nación es pueblo y el pueblo forma la nación. ¿Es lo mismo pueblo que nación? Si es lo mismo, podremos estar satisfechos si definimos “pueblo”. ¿Quién es el pueblo español¿ O el pueblo canario? Los que tienen la nacionalidad, los que viven aquí, los que hablan la misma lengua y comparten la misma cultura (o la misma religión)…

Lo cierto es que es muy complejo presentar estos dos conceptos. En la historia podemos encontrar algunas definiciones: para los romanos eran naciones los pueblos que no tenían organización política (los que sí la tenían eran ciudadanos y no pueblo). La nación romana es pre-política.

Desde el siglo XVIII, se usó el término nación como sinónimo de fuente de soberanía estatal (enfrentada a la soberanía emanada del designio divino, la monarquía). En la Guerra de Independencia de EEUU surgió un nacionalismo por voluntad popular, un nacionalismo no ligado a orígenes, culturas o incluso idiomas (había ingleses, escoceses y holandeses, por ejemplo).  En la Guerra de Independencia de las Colonias Españolas en América, el nacionalismo surge de la lucha de las élites privilegiadas, sin el concurso de las clases populares, al menos inicialmente. Solo cuando incorporaron al pueblo pudieron tener éxito.

En la segunda mitad del siglo XVIII varios pensadores, entre ellos Herder, Benthan y Burke, defendieron una idea de nación basada en el sentimiento, la nación como “fuerza viva” independiente del deseo de las personas, un “alma”. Esta nación es independiente de la decisión de los ciudadanos, se impone por encima de los ciudadanos que no tienen más remedio que reconocerla. Pero otros, como Renan, defendieron la idea de una nación creada por decisión del pueblo (nación de ciudadanos). La nación sería “un número suficiente de personas que se imaginan, se ven y se piensan como miembros de una nación, y responden a los estímulos adecuados para su defensa”. Una definición absolutamente subjetiva, somos nación porque en un determinado momento decidimos serlo todos juntos. Pero, como hasta el momento, nadie nos ha dado una definición objetiva de nación, está podría servir de partida.

Actualmente también se piensa como una forma de plasmar la conciencia colectiva de reivindicación de poder político. La dimensión política es lo que convierte a un grupo de personas en una nación. El estado es una organización política que debe garantizar derechos y exigir deberes a los ciudadanos y que se crea por contrato social. Estado y nación no serían lo mismo, pero pueden estar en sintonía o en conflicto. Estado no es sinónimo de reino, o de república (que son formas de organizar políticamente el estado), ni pueblo, ni cultura, ni idioma. Es un concepto puramente funcional político. Tanto el Estado como la Nación son conceptos históricos, que tienen un principio de existencia (por cierto, no más allá de tres siglos) y que por lo tanto no pueden ser vistos como definitivos. Pensar que estos conceptos, así como la forma que pueda tener una sociedad humana de organizarse pública y políticamente, ha llegado a su punto final, es un tanto hegeliano (cuando consideró que la historia había llegado a su fin porque se había alcanzado las sociedad perfecta, por decirlo en pocas palabras). ¿Qué hubiera dicho un señor feudal de la posibilidad de que, en los siglos venideros, sería el pueblo el que elegiría al gobernante?

Por tanto, los conceptos de nación, estado y su consecuencia, el nacionalismo, son fenómenos que deben ser vistos como actuales y no, necesariamente, como obligación ineludible de futuro. Lo que sí parece es que el nacionalismo es actualmente el sistema cultural dominante en la sociedad moderna (Greenfeld). Y este nacionalismo se formula continuamente por las clases dirigentes. Decía Max Weber que toda nación quiere ser estado para poder tener el monopolio de la fuerza en su territorio (¿no es esto propio de quienes ostentan el poder?), para homogeneizar en una cultura única (la de las clases dirigentes, suponemos, puesto que hay tantas culturas en un grupo humano que seria complejo ponernos de acuerdo en cuál poner como obligatoria). La nación es un artefacto social, imaginada, creada y construida de forma artificial por la sociedad que la adopta. Por tanto, es la nación la que explica el nacionalismo y no al revés. Primero construimos (imaginamos) socialmente la nación y luego nos volvemos nacionalistas (personas que defendemos esa nación).

Por supuesto, las naciones no surgen de la nada, hay situaciones que las promueven, situaciones de proto-nación. Un fenómeno que se enraíza en la Edad Media, y que se va consolidando en la medida que los grupos de poder presentes en los lugares de decisión dejan de ser los estamentales y pasan a ser los económicos. Una nueva organización económica requiere nuevos conceptos políticos. Algunos de ellos relacionados con la necesidad de políticas de protección comercial, por ejemplo. Pero también relacionados con el acceso al conocimiento y la tecnología de grupos mayores de personas y su deseo de formar parte de la toma de decisiones. Los estados nacen como respuesta: un territorio bien delimitado, con fronteras claras. Pero los estados no surgen de las naciones.  La nación tiene un papel más reivindicador del fin del absolutismo. La nación quiere ser quien gobierne el estado.

En conclusión: la nación es una conciencia colectiva y el estado un contrato social. Pueden coincidir en cuanto a territorio y personas que los integran, pero no necesariamente. Por ejemplo:

  • Naciones sin estado: Cataluña, Euskadi, Escocia, Quebec
  • Estados sin nación: Singapur, Taiwan, Sudáfrica
  • Estados plurinacionales: España, Bélgica, Reino Unido
  • Estados uninacionales: Japón, Portugal, Irlanda
  • Estados con naciones compartidas: Corea del Sur, Corea del Norte
  • Estados que comparten naciones: suecos en Finlandia y Suecia, irlandeses en Reino Unido e Irlanda…

Pensemos, desde esta perspectiva, podemos dar por clarificado, al menos, que estado y nación no son lo mismo y no se siguen una necesariamente del otro, ni viceversa.