YO MISMA, A MI MISMA, SIN NADIE MÁS

Eres una empresa de ti misma, tienes que producir, has llegado lejos y lo has hecho sola, no has necesitado a nadie. Ha sido tu propio esfuerzo, tu trabajo duro, tus noches en vela. ¿Por qué deberías ahora colaborar con los demás? Cada uno construye su propia historia.

¿O no?

Crecimos y crecemos en una sociedad que ha conseguido imponer un relato único, el de que cada uno se hace a sí mismo. Nadie debe necesitar a nadie. Necesitar a otros es debilidad. Una selva de seres individuales, luchando por la “comida”, por cada puesto, por cada escalón, hechos a sí mismos, sin ayuda, solo su esfuerzo, el mérito. Y has llegado y crees firmemente que no debes nada a nadie.

No necesitas agradecer nada a nadie, ni en tu camino ni el día a día. ¿La cajera que te pasa la compra? Es su trabajo. ¿La señora que limpia tu despacho? Es su trabajo. ¿La persona que te cede el paso en la calle? Es que molesta, ¿no lo ve?, yo voy más rápido, avanzo más. Si esas personas están ahí y no aquí, es porque no se esforzaron lo suficiente.

Fantasías que te permiten pensar mejor y mejor de ti misma. Que te permiten vivir sin colaborar con nadie. ¡Cada palo que aguante su vela! Que te liberan de la responsabilidad de pensar en los demás. ¡Con cuidar de mí misma tengo suficiente!

Pero…

Y si fuera un engaño…

Y si fuera una fantasía, un sueño, una pesadilla…

Y si fuera un modo de aislarte de todo y todos. Así sola, eres más maleable, más manipulable, más fácil de engañar, de enganchar en una vida que solo sirve para exprimirte hasta la extenuación.

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100 años

Portada del libro de Nely González, publicado en 2017.

Hoy hace 100 años que nació, en un pequeño pueblo del sureste de Tenerife, doña Nélida González Marrero, Nely para sus vecinos, Ita para sus nietos.

Nely fue mujer, madre, esposa, abuela, agricultora y, sobre todo, poeta de la vida. Fue poco a la escuela, ella misma nos lo contaba. Su primera maestra la enseñó a leer y escribir y a desear aprender. La siguiente, la molió a palos. Y su padre, hombre bueno y sabio, la sacó de esa escuela que amenazaba con matar su inocencia. Y creció aprendiendo a cuidar. A cuidar a los suyos y a cuidar de las plantas. Una cuidadora a lo grande. Vivió, y sobrevivió, en décadas duras. Cuando el hambre era parte de la vida. En tiempos y lugares donde se era pobre o muy pobre, pero ni siquiera se sabía lo que significaba ser rico. Donde cada día que se comía era el fruto de mucho trabajo duro. Cuando te quedabas sola mientras tu marido migraba a otras tierras, meses sin saber siquiera si estaba vivo. Cuando ser mujer era ser poco o nada en la mirada de los otros (y demasiadas veces, también de las otras).

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