LA TRADICIÓN CULTURAL COMO BASE DE LA NACIÓN.

Cómo hemos visto en la entrada anterior, existe un proceso, casi siempre inconsciente, por el que se construye la identidad, individual  y colectiva. Pero también existen modos conscientes y voluntarios de fomentar la creación de una identidad colectiva. En el contexto de la idea foucaldiana de que la identidad es un modo de control por el poder, podemos suponer que el poder debe tener sus propias herramientas para conformarla. Una de estas herramientas es la tradición. Las tradiciones dan forma a la cultura de un grupo, proporcionando elementos de identificación comunes.

Que todas las tradiciones son inventadas no es un concepto complejo de comprender. En algún momento se inició el comportamiento que hoy llamamos tradición, y alguien o muchos se encargaron de darle valor de continuidad para constituirlos como tradiciones. Lo que convierte a un comportamiento en tradición es la aceptación de su valor por todo el colectivo. Las tradiciones pueden ser muy actuales o muy antiguas, pero no son naturales y, por tanto, no podemos considerarlas neutrales. Están cargadas de valor simbólico y su significado puede estar ligado a una intencionalidad, a la imposición de determinados significados culturales, de creencias o de valores, que conforman el modo en que una comunidad se comporta.

Pensemos en alguna tradición, de las más extendidas como forma de identificación colectiva de un pueblo, los trajes tradicionales. ¿Somos capaces de detectar a qué comunidad pertenece alguien sólo viéndole ataviado con su traje típico? Pero si lo vemos vestido con ropa corriente seremos incapaces de determinar a qué colectivo pertenece cada uno. Si lo pensamos es la forma más sencilla de “identificar” a una persona con un colectivo: es física, visible, solo requiere ver, no hay que valorar sus creencias o sus ideas, ni siquiera escucharlo. Y si se asocia, como suele ser habitual, con actos de música tradicional, fiestas populares con otras tradiciones añadidas, etc. Genera un sentimiento de pertenencia con el que casi cualquier ser humano se siente a gusto.

Por lo tanto, crear tradiciones será uno de los modos de legitimar una cultura nacional. ¿Qué pasará con aquellos que no se puedan identificar con la cultura nacional dominante, con sus respectivas tradiciones? ¿Qué ocurre con los grupos que tienen tradiciones diferentes, culturas diferentes? ¿Pueden verse representados bajo el mismo paraguas de nación? O ¿tendrán que asumir las tradiciones culturales de la nación en la que viven para poder ser considerados parte constituyente de la comunidad?

Es posible que la cultura (visible a través de las tradiciones) se convierta en un elementos de “discriminación” negativa. Esto puede significar la creación de una forma diferente de racismo, el racismo cultural. En cierto sentido, conserva la cualidad de distinguir a las personas por rasgos externos, pero estos ya no son corporales propiamente, sino culturales. La creación de naciones basadas en el criterio de una cultura, una nación, convierte a la cultura en el elemento definitorio de la ciudadanía. Son ciudadanos con pleno derecho los que comparten la “cultura nacional”.

El problema es que la cantidad de definiciones que tenemos de “cultura” es tan amplio que puede ser muy complicado definir cuál es la cultura nacional, si ni siquiera sabemos con seguridad qué es la cultura. La cultura es un parte del imaginario social contemporáneo que sirve como argumento de autoridad. Lo que está dentro de la cultura es autorizado como correcto, lo que no, no es autorizado. La cultura se conforma como un elemento de igualdad. Si considerar que nuestra cultura es superior se ve como algo natural (el “etnocentrismo” normalizado como algo que no podemos evitar) lo correcto es exigir a los demás que se integren en nuestra cultura o se marchen a otra. ¿Os suena de algo la frase “si quieren vivir aquí tendrán que vivir como nosotros”?

Si tomamos como definición de cultura la antropológica (cultura es todo artefacto, creencia, valores, producciones de una comunidad particular), podemos definir como cultura propia de un pueblo cualquier combinación que nos sea útil en un momento histórico determinado para establecer los grupos más convenientes, para excluir a quienes se desee excluir o para incluir a aquellos que interese incluir. Por ejemplo, podemos pasar del concepto cultura europea al de cultura occidental para incluir a otros países con influencia.

Uno de los problemas de las definiciones de cultura es que, frecuentemente, se asocia a territorios concretos y, lo que es más, se asocia al espíritu nacional: la nación cultural, en la que sus miembros no solo comparten territorio sino todo su edificio de significados. Pero, ¿es posible definir claramente una sola cultura para un grupo amplio de personas que viven en un espacio geográfico? Y, a la vez, ¿considerar que quienes viven fuera del marco geográfico ya no pueden compartir esa misma cultura?

Ernest Gellner considera que la cultura es una manera única de vivir que es compartida por un grupo humano: idioma, valores, creencias, expresiones gestuales… la unidad de la cultura con la política, es decir, la definición de unidades políticas culturalmente homogéneas es lo que define a los nacionalismos. Y solo existe como tal en las sociedades industriales. El modelo cultural dice a las personas cómo deben ser y comportarse para ser parte de la unidad política. Si no cumples con las prescripciones culturales, tal vez no debas formar parte de la unidad política.

La cuestión es que los grupos humanos que conviven en un mismo territorio pueden tener variaciones más o menos grandes en parte o todo de su cultura. ¿Cuáles son los que deben ser considerados como la “cultura oficial”? Pueden ser los que sean comunes a todos (si es que hay alguno), o los que decidan quienes tienen el poder. El riesgo es que, quienes hoy están dentro del grupo cultural, mañana podrían estar fuera al cambiar las condiciones de definición. En conclusión, cultura es un término demasiado ambiguo y abarca un conjunto de características demasiado variables como para considerarlo la base definitoria de una nación.