Cuando la cultura nos hace sufrir

No voy a hablar de los recortes institucionales en la cultura, entendida como “el producto de las actividades artísticas y/o artesanales” que normalmente asignamos como significado a la palabra. Ene se caso, sería la ausencia de la cultura lo que nos hace sufrir. Pero el tema que quiero comentar es precisamente el contrario, la cantidad de sufrimiento que nuestra cultura provoca en las personas.

En las últimas semanas he tendio en la consulta varios pacientes varones con síntomas que pueden diagnosticarse como “depresión mayor”. La historia de todos tiene un argumento común, aunque la trama puede variar. Hombres de edad variable que perdieron su trabajo hace unos años, que no tienen ingresos, y que dependen de sueldos míseros aportados por sus parejas, sus padres o sus suegros. Y que muestran desesperanza en un futuro mejor, o lo que es lo mismo, no atisban un puesto de trabajo, por malo que sea, en los meses venideros.

Todos cuentan un complejo emocional similar: “me siento inútil, me dicen que no hago nada, pero estoy todo el día haciendo las cosas de la casa (al menos me ocupo y ayudo a la familia), la familia estaría mejor sin mí, me enfado y me siento violento con todos“. Seguramente cualquier profesional de la salud está encontrándose con historias similares. Y aquí entra la parte “social” del cacareado “modelo bio-psico-social“. ¿Qué nos aporta el conocimiento de lo social?

rol-de-generoLa cultura, para la antropología, la sociología y la teoría de la cultura, no consiste solamente en los productos artísticos, sino que es “el todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la ley, la moral, las costumbres y cualquier otra capacidad adquirida por el hombre como miembro de una sociedad” (Tylor, 1871). La cultura la adquirimos de modo inconsciente desde nuestra más tierna infancia, de modo que calificamos de normal aquello que nuestra cultura considera un comportamiento adecuado y de “anormal” lo que se desvía de la norma. Sobre la mayoría de nuestros comportamientos, creencias y definiciones de lo normal no tenemos ni la más mínima reflexión crítica. Están tan internalizadas que, si no nos enfrentamos a una situación contraria o conflictiva, no nos las planteamos como construidas socialmente. Lo que es más, Zygmunt Bauman, en La cultura como praxis, nos recuerda que la cultura es un sistema coherente de presiones apoyadas sobre sanciones, de valore sy normas interiorizados, de hábitos que garantizan la repetición de las conductas individuales… la preservación de la tradición (p. 27).

Dentro de nuestra cultura existen formas internalizadas de entendernos y de valorarnos, en la medida que cumplimos lo que la sociedad quiere de nosotros. Son tan potentes que, incluso conociéndolas, no podemos sustraernos totalmente a ellas. Me refiero a cosas como el rol del hombre y de la mujer en la familia. Estos pacientes que menciono tienen un trastorno provocado por la situación de desempleo que se agrava por las creencias sobre la propia utilidad que la sociedad nos ha inculcado. El valor del hombre está en que aporta los garbanzos a la familia, es el sustento principal, es la función que la sociedad les asignó, mediante la repetición continuada de patrones de comportamiento, desde la infancia. Por tanto, no están cumpliendo con su función, y se sienten inútiles ante la sociedad y, lo que es más importante, ante su familia.

Esto no es diferente de lo que, hace no mucho, veíamos en las mujeres doblemente trabajadoras: el sentimiento de culpa inherente a la mujer trabajadora que consideraba no ser lo suficientemente buena madre por no estar en casa el tiempo suficiente (sea cuál sea la magnitud de ese tiempo). Se sentían estresadas, agobiadas e instisfechas consigo mismas.

Me imagino el impacto que puede tener la situación combinada: la madre trabajando muchas horas por poco sueldo, y el padre ocupándose de las labores de la casa, sin encontrar un trabajo y dependiendo económicamente de su mujer. Por desgracia, no hemos avanzado lo suficiente culturalmente en nuestra sociedad para que esta situación no genere múltiples disonancias emocionales.

Yo no creo que sea culpa de nadie ( en esta época en la que gustamos de encontrar culpables para todo). La construcción cultural de una sociedad es responsabilidad de todos y se tarda más en cambiarla que en construir una pirámide. Pero hacer visible el sufrimiento causado por nuestras “concepciones culturales” puede ayudar a las personas a reconstruirse desde otra perspectiva. Eso es lo único que se me ocurre hacer. Y transmitir la importancia que tiene que los/as médicos/as de familia seamos capaces de analizar críticamente nuestra cultura.

LA TRADICIÓN CULTURAL COMO BASE DE LA NACIÓN.

Cómo hemos visto en la entrada anterior, existe un proceso, casi siempre inconsciente, por el que se construye la identidad, individual  y colectiva. Pero también existen modos conscientes y voluntarios de fomentar la creación de una identidad colectiva. En el contexto de la idea foucaldiana de que la identidad es un modo de control por el poder, podemos suponer que el poder debe tener sus propias herramientas para conformarla. Una de estas herramientas es la tradición. Las tradiciones dan forma a la cultura de un grupo, proporcionando elementos de identificación comunes.

Que todas las tradiciones son inventadas no es un concepto complejo de comprender. En algún momento se inició el comportamiento que hoy llamamos tradición, y alguien o muchos se encargaron de darle valor de continuidad para constituirlos como tradiciones. Lo que convierte a un comportamiento en tradición es la aceptación de su valor por todo el colectivo. Las tradiciones pueden ser muy actuales o muy antiguas, pero no son naturales y, por tanto, no podemos considerarlas neutrales. Están cargadas de valor simbólico y su significado puede estar ligado a una intencionalidad, a la imposición de determinados significados culturales, de creencias o de valores, que conforman el modo en que una comunidad se comporta. Sigue leyendo