De dogmas, sociedad, medicina y vacunas.

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Vivimos en una sociedad asentada en dogmas. Un dogma, dejando aparte su parcela religiosa, es un, según el DRAE: “Proposición que se asienta por firme y cierta y como principio innegable de una ciencia” y también “fundamento o puntos capitales de todo sistema, ciencia, doctrina o religión“. Una sociedad basada en el dogma requiere de verdades que no necesite reflexionar, que no puedan ser cuestionadas y que den seguridad a las decisiones de la vida diaria. Para más complicación, nuestros dogmas son moralizados, es decir, calificados en general como buenos o malos. Esto supone dar carácter de norma moral a estos dogmas y, por tanto, califica a quienes se adhieren o no a ellos.
Ser una sociedad dogmática facilita mucho la vida. Requiere gastar poca energía en pensar y en reflexionar, evita que nos cuestionemos a nosotros mismos y a nuestras decisiones y hace mucho más fácil la educación, puesto que es más sencillo enseñar contenidos que enseñar a pensar. Ser dogmáticos implica ser económicos en el uso de nuestra capacidad cognitiva.
La práctica médica y la subcultura médica no está libre de esta tendencia al dogma. Y la transmisión de ellos a los pacientes casi nos convierte en sacerdotes de una nueva religión, la salud.
Pero, tal vez deba poner ejemplos para apoyar mi tesis. Recuerdo una paciente con diabetes, absolutamente descontrolada y…desconcertada. Tras una profunda entrevista valorando sus hábitos dietéticos, la paciente exclamó: “Pero si yo estoy haciendo las cosas bien. Me han dicho la fruta es buena para la diabetes. Pues yo me como todos los días un kilo de mandarinas. ¡No entiendo porque voy mal con el azúcar!” Ergo, si la fruta es buena, mucha fruta es mejor. Esta es solo una de las consecuencias de nuestra tendencia a resumir cualquier intervención sanitaria con un “..es bueno…” o un “…es malo…” para la salud.
¿Por qué saco esto a la palestra? En las últimas semanas se ha producido una avalancha informativa sobre la vacuna de la varicela, las decisiones del ministerio de sanidad y el cabreo de, fundamentalmente, las sociedades de pediatría. El debate es bastante pobre, al menos el que yo he oído en los medios de comunicación de masas. O tal vez, es bastante dirigido. En ningún caso he oído a un periodista presentar todas las opciones y valorar la incertidumbre de todas las decisiones. La secuencia habitual es: “vacunarse es bueno” “yo quiero lo mejor para mi hijo/a” “el ministerio no nos deja” “el ministerio es malo”. Lo cierto es que la secuencia parta de un dogma calificado moralmente. Pensemos, ¿vacunarse es bueno? Pues, depende. Depende de la vacuna, de la enfermedad, de las consecuencia a corto plazo, de las consecuencia a largo plazo, de las externalidades (es decir, de los efectos sobre otros que no se someten a la vacunación), de mi escala de valores, de mis posibilidades económicas, de mi aversión al riesgo, etc. Es ahí dónde debe asentarse el debate, porque vacunarse posiblemente sea positivo, casi siempre, pero tenemos que decidir donde queda el casi. Y sobre todo ponderar que, si en un caso no es positiva la vacunación, eso no invalida a todas las vacunas.
Pero el debate es muy difícil en una sociedad basada en el dogma. Si ya no somos capaces de dialogar con nosotros mismos para retar nuestras creencias, ¿cómo vamos a ser capaces de dialogar con los demás? El uso de la ciencia como creadora de dogmas es un craso error. La ciencia surge como respuesta al dogma religioso, y la ciencia es consciente de su falibilidad y de su incertidumbre (al contrario que el dogma religioso). La ciencia tiene que enseñar a pensar y contestar con un posiblemente, en estas circunstancias, esta sería una buena opción. La formación científica debería crear mentes interrogantes de la realidad, difíciles de convencer, ávidas de argumentos, humildes con su conocimiento, capaces de dialogar horas con otros de ideas contrarias, sin usar las palabras “malo” “bueno””por tu bien”, etc. Y finalizado el debate, sin necesitar un consenso, ser capaz de orientar a la toma de decisiones individuales, sabiendo que existe la posibilidad de estar errados.